domingo, 14 de octubre de 2007

PERDIDA...

Vivo en la casa que construyeron mis abuelos para impregnar nuestra familia de horas felices. Los lirios crecen salvajes en su entorno. Lo han hecho por años cada primavera y persisten con sus aromas hasta bien entrado el verano. Cuando era una niñita y las vacaciones nos traían aquí, lo primero que hacía era llenar mis pulmones con sus fragancias. Desde entonces, no he dejado de inquietarme con esas extrañas flores de pétalos incomprensibles: tres que se elevan enhiestos, tres que se dejan caer. Un equilibrio conmovedor. Son estos lirios... me llevan. Murmuran que sus raíces son como las mías. Se desprenden fácilmente del espacio que las cobija, para ubicarse en otro rincón y florecer igualmente plenas la próxima temporada. Así fue como pude alejarme de la ciudad donde nací, y respirar más tarde los caprichos de esta tierra. Por voluntad, extraviada en el significado de unos lirios perfumando, aparezco. Recuerdo quién soy. Y en esas ocasiones, invento un pestañeo demorado por la supuesta incertidumbre... Solo por sonreír, porque toda vez se ilumina la misma persona. Soy yo. Lo sé. Perdida en la inmensidad de los encuentros.