sábado, 12 de mayo de 2007

ANDAR, ANDAR...

Andar, es ir a ninguna parte de este mundo, si se deja el corazón en el umbral. Guarecido, en cuarentena. Resguardado de la incidencia que se regodea. Andar sin llevar el corazón, es caminar con las entrañas ávidas de regresar... aunque se haya dado un solo paso. A veces, asumiendo las consecuencias, puede llevárselo con sus heridas descubiertas, lo cual también pondrá en riesgo la mente. Si el corazón no acompaña, todo cuanto pasa frente a los ojos al andar, se torna invisible. Las brisas fragantes se desconocen, el canto del agua entona en dos notas; no tienen sabor las estaciones. ¿Qué impulso perverso puede empujar hacia los caminos un ser incompleto? Si el respiro se mantiene, aún mutilado el cerebro y solo abandona cuando el corazón claudica... Entonces, andar con el corazón abandonado en la puerta... es avanzar hacia el Paraíso o el Averno... Y en tales casos, nadie sabe hacia cual van deslizándose sus pies. ¿Qué destino le aguardará a quién encuentre un corazón saludable en su andar y olvide para siempre aquél en carne viva? Es una circunstancia posible. Tal vez, comenzar a caminar con rumbo, redescubrir la magia perdida desde ese punto insoslayable; o quizás cargar con el remordimiento... Andar. Andar con el corazón en cuarentena guarecido en el umbral, refugiado de la intemperie. Puede que algún día, la piedra misma del sendero lo nutra con el antídoto y que el sol lo entibie para el regreso...